Lechugas y manzanas … verdes


En busca y captura

La más reciente historia del control de cambio de divisas en Venezuela comienza con la comparecencia en cadena nacional de radio y televisión en febrero de 2003 del, que para la época era, Ministro de Finanzas, Tobías Nóbrega. A través del comunicado leído en esa oportunidad se suspendía el mercado de divisas en el país “hasta nuevo aviso”. Tras la huelga en la industria petrolera de 2002, Venezuela empezó a padecer una acelerada fuga de divisas provocada por las incertidumbres de los inversores extranjeros que dejó la nacionalización de la industria y radicalización de la política gubernamental estatizadora.

A pesar de que los expertos coincidían que la medida era necesaria, a día de hoy es evidente -sobre la base de unos datos oficiales más o menos opacos- que fue peor la cura que la enfermedad. Lejos de frenar la salida de los capitales extranjeros, las reservas de divisas continuaron mermando con una consecuencia perniciosa, un mercado ‘paralelo’ y hasta una red de contrabando de divisas.

Conjuntamente con el comunicado de Nóbrega se creó mediante decreto presidencial la ‘Comisión de Administración de Divisas’ (CADIVI), entonces la moneda estadounidense se cotizaba a Bs. 1.853 la unidad, el bolívar habría acumulado en un año una devaluación de más del 200 por ciento (desde los Bs. 767,50), en términos nominales -es decir, sin considerar los efectos de la inflación-. El nuevo régimen cambiario estableció el tipo de cambio en Bs. 1.600.

La contrapartida de la medida, la restricción de las importaciones, afectó considerablemente el suministro de bienes de consumo masivo de la canasta básica nacional, no producidos en el país. Agravado por la burocrática odisea que implicaba la solicitud de las divisas, el fenómeno de la escasez y el desabastecimiento se instaló en el mercado, trayendo como consecuencia ‘paralelismos’ de todo tipo.

Paralelamente…

Aparece un mercado paralelo de divisas (a través del mercado bursátil donde se negociaban acciones de empresas venezolanas que cotizaban en la Bolsa de Nueva York -permuta de títulos valores-), un ‘mercado negro’ entre particulares de divisas en efectivo, estanterías de supermercado vacías, aceras en las calles llenas de azúcar, sal y harina que no se encontraban en los supermercados.

Los particulares también vieron restringido su acceso a las monedas extranjeras, se establecieron cupos de acceso -según los fines para las que se destinarían- y otras restricciones. Consecuencia: los cupos ‘electrónicos’ y ‘de viaje’ se convirtieron en el objeto de negociaciones en todo el país y fuera de él. Las largas colas en los comercios en ciudades extranjeras (de Colombia, Aruba, Curaçao y hasta Estados Unidos) para utilizar las tarjetas de crédito a cambio de efectivo, eran nicho de negocio para nacionales -que revendían las divisas obtenidas al cambio del mercado negro- y extranjeros -que deducían una comisión a los tarjetahabientes por el uso de su establecimiento para realizar la transacción-.

A la par de todo esto, se sucedieron una serie de devaluaciones ‘oficiales’. En 2004, la cotización pasó a Bs. 1.920; en 2005 subió hasta Bs. 2.150; en 2010 se devaluó hasta BsF. 4,30 -creándose un tipo preferencial de BsF. 2,60 para áreas consideradas de primera necesidad-.

En 2010, el Gobierno decidió intervenir el mercado de permuta de títulos, en otro intento de frenar la fuga de capitales y la devaluación ‘extra-oficial’ que padecía el nuevo ‘Bolívar Fuerte’ -que entró en circulación en 2008-. De esta acción nació el ‘Sistema de Transacciones de Títulos en Moneda Extranjera’ (SITME) y se estableció una nueva paridad cambiaria en BsF. 5,30, se eliminó el tipo preferencial y se restringió el acceso de las divisas al tipo de cambio primario. Adicionalmente y en este mismo año se promulgó la ‘Ley de Ilícitos Cambiarios’ que ilegalizó cualquier transacción en divisas realizadas fuera del circuito oficial.

Un mercado de ‘verduras’

Se popularizaron en el país diferentes eufemismos para hacer referencia a un mercado ‘extra-oficial’ de -principalmente- dólares y euros. Puesto que oficialmente no se podía publicar ninguna cotización de las divisas distinta a la legal, en internet se comenzaron a ofrecer ‘lechugas verdes’ y ‘lechugas europeas’ por transferencia y en efectivo, a precios muy cambiantes y en constante ascenso. A las lechugas le siguieron ‘manzanas’ y hasta ‘aguacates’. Otras cotizaciones recibieron nombre como ‘el cúcuta’ -que se basa en el cambio fronterizo con la ciudad de Cúcuta  y es determinado en función a la oferta/demanda de Bolívares en esta ciudad-, ‘el implícito’ -calculado utilizando información del Banco Central de Venezuela, tomando la Liquidez Monetaria divida entre las Reservas Internacionales-.

En términos técnicos, ‘el implícito’ es el más ajustado al concepto ‘real’ del cambio oficial y es el más aceptado por los expertos pero dada la conocida opacidad de las cuentas públicas venezolanas, incluso afirmar que éste representa el valor propio de la moneda resulta arriesgado.

La última novedad en estos mercados ha sido el cierre de la página web y perfiles sociales de los ‘verdi-lechugueros’ por la supuesta implicación en una estafa relacionada con el contrabando de las divisas en forma piramidal. La pregunta que muchos se hacen ahora es: ¿cómo el estafado puede conducir acciones legales contra el estafador con el que ilegalmente negociaba?

2 Replies to “Lechugas y manzanas … verdes”

  1. Esa es la historia, lo cierto es que el valor de la moneda no se decreta, un control de cambio con politicas econòmica de reparto, control y persecución al sector productiva, solo genera inflación, destrucción del aparato productivo, desconfianza-país, son un clima propicio para la devaluación. Lo que ha existido en Venezuela es un subsidio a la paridad cambiaria, lo cual ha sido manipulado y aprovechado por quienes tienen acceso al poder.
    Les invito a seguir mi blog: http://lacmon.wordpress.com @lacmon

    1. Toda la actual realidad económica -por no hablar de la política- es la consecuencia de la desmedida intervención del estado en el sistema, éste que no es más que un lento actor -lastrado por la burocracia, propia de su naturaleza- ralentiza y desvirtúa el flujo de las actividades económicas.

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